El lobo financiero que terminó en el circo

"Definitivamente el mundo ya no es el de 1980, en la que pintorescos personajes como “El Lobo de Wall Street” eran posibles. Las empresas tecnológicas parecen jugar cartas diferentes en el juego del ambicioso mundo financiero; ¿pueden estas start ups desafiar las previsiones económicas de los banqueros tradicionales?

Lo escribio Néstor Márquez en noviembre en la versión impresa de NEO. y sigue así...

En 1987, Jordan Belfort intenta conseguir trabajo como corredor de bolsa de Wall Street en la firma L.F. Rothschild, y termina contratando para trabajar con Mark Hanna, un viejo lobo del negocio que lo sumerge en la cultura del broker financiero, donde el sexo y las drogas son un mantra de la época. Allí aprende máximas tales como que “sin cocaína es imposible teclear tan rápido” y “el único secreto es hacer dinero para sí mismo”, y que se jodan los clientes. Pese a semejante escuela, disfruta poco lo aprendido por que pierde su trabajo en el maléfico lunes negro.

Pero no se da por vencido y consigue trabajo en una call center dedicado al corretaje de bolsa para pequeñas inversiones (penny stock), esas que por su monto no justifican un ejecutivo en persona, pero que son grandes en volumen. Jordan aprovecha lo aprendido y comienza a realizar transacciones más grandes, que le aportan comisiones más jugosas, y se hace de una pequeña fortuna. Conoce a un vecino y deciden juntos armar una compañía a la que le ponen el respetable nombre de Stratton Oakmont. Seguro de que su método rinde frutos, decide contratar a viejos amigos, que aunque externos al mundo de las
finanzas, los consigue empapar en el arte de las venta agresiva (hard sell), esas en que se lucen personajes que parecen sin escrúpulos, capaces de vender a su propia madre si la comisión es buena. Pronto descubre que es más que una venta a presión, es una estafa, ya que se trata de comprar un activo muy barato, inflar su precio artificialmente a partir de rumores falsos, y luego vender el activo a inversionistas menos experimentados, los que al poco tiempo descubren que compraron papeles que no valen nada. El broker se queda con una gran tajada y el improvisado pierde todo su dinero.

Más adelante Jordan aparece en la revista Forbes, y el resto es historia conocida. La imagen no es otra que la de la película tragicómica “El lobo de Wall Street” (2013), dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Leonardo Di Caprio.

El mundo financiero se enfrenta a una enorme sacudida, aunque acostumbrado a las crisis, la que se aproxima los tiene en el centro. Están quienes, incluso, dentro de la misma industria creen que ha llegado el momento de hacer las cosas de otra manera. Además de multiplicarse los start-up que desafían el status quo, y se preparan para el abordaje. Los desafiantes no son santos, pero no parecen tener la ambición de los dueños actuales del negocio (incumbents); es que los emprendedores se basan en tecnología para hacer las cosas diferente.

No es que el sector financiero no haya utilizado la tecnológica en el pasado, sino que la aplicó de manera distinta, subordinada a las propias necesidades internas (gobernanza, requerimientos regulatorios o cuestiones impositivas), y no pensando en resolver problemas. Los desafiantes, por su lado, tienen foco en la gente y en cómo simplificarle la vida. Creen que con menos burocracia, costos más lógicos y soluciones más relevantes, ganaran la preferencia de la gente. Un negocio enorme que se quieren comer de a poco.

¿Qué tan cerca está la industria financiera de su propio Uber? todavía falta para eso. Puede que el tema pase por encontrar una mejor intermediación entre la oferta y la demanda de recursos financieros. En este último caso, parece que hay mucho para cortar ya que quien deposita dinero obtiene un 5%, y quien necesita paga hasta el 70%. Cuando la brecha es tan significativa, existen fuertes incentivos para que entren nuevos jugadores ¿será ese el rol de las Fintech?

Los ejemplos no hablan bien del modelo tradicional, para muestra un botón: la crisis en España dejó la sensación que fue producto del propio sistema financiero, la gente se quedó sin sus casas y los CEO que los llevaron a la ruina siguieron cobrando bonos de cientos de millones de dólares, inadmisible. En un informe de Citigroup en el que se describe dónde están invirtiendo las empresas Fintech, las victorias que van consiguiendo y qué puede significar todo esto para la banca tradicional, se plantea la idea que la mayor parte de la inversión se concentrará en el área de pagos, justo donde a los bancos están sufriendo la mayor competencia de las Fintech.

Kathleen Boyle, jefe de redacción en el Citi GPS, plantea que está cambiando la relación entre los bancos y sus clientes a partir de la tecnología: “Los clientes dependen cada vez menos de una sucursal para sus necesidades bancarias, y en su lugar tienen múltiples opciones digitales que les ayudan a conseguir lo mismo: cajeros automáticos, chat en línea, teléfonos móviles y la banca por Internet”.

Boyle cree que “las instituciones financieras tradicionales todavía mantienen cierta ventaja en términos de escala” ya que sólo el 1% de los ingresos de banca de consumo en USA se ha movido a los nuevos modelos digitales, y agrega “dado el crecimiento de la inversión Fintech, esto es probable que no continúe por mucho tiempo”.

En China, el panorama es muy diferente, el informe indica que los gigantes de Internet se han adueñado de los servicios financieros y ganaron una importante participación de mercado en el tema pagos (comercio electrónico y a terceros). Los nuevos participantes son más ágiles y ofrecen alternativas más convenientes, fiables,rápidas y rentables que los mecanismos bancarios tradicionales. En el país asiático, a menudo los digitales tienen más clientes que los bancos más importantes y están mejor organizados. “A medida que los clientes cambien su comportamiento y se mueven hacia soluciones digitales, los bancos tendrán que replantearse su estrategia digital”, concluye el informe.

No es un tema fácil. Los bancos hoy se encuentran atrapados en sus propios sistemas, y eso no les da tiempo para focalizarse en transformarse digitalmente. Lo mismo sucede con los reclamos siempre cambiantes de los reguladores, todo esto los hace menos versátiles y adaptables.

Un estudio de A.T. Kearney plantea que se trata de tres factores claves; la primera se trata de la importancia que está tomando el teléfono móvil, lo que termina por poner la estrategia digital en el centro de la estrategia corporativa. La segunda, está el desarrollo de modelos operativos más ágiles (como los que abrazaron las empresas de software de los ’70) y finalmente, como tercer factor está la necesidad de una profunda transformación de la cultura interna de esas organizaciones. Todo lo anterior, facilita la transición de un modelo basado en el producto a otro basado en el cliente, facilitado por la tecnología
y no prisionero de ésta, además mucho más inclusiva. Los bancos tendrán que recoger el guante que le han tirado las Fintech y especialmente la sociedad en su conjunto. ¿Estarán en condiciones de dar respuesta a los tiempos que corren? Porque lo que comenzó siendo el Lobo de Wall Street terminará siendo recordado como cuestiones de simples coyotes.

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